El gran Zoco de Marrakech

Artesania en el Zoco

Cuando el sol se levanta sobre Marrakech y baña sus ocres murallas, cuando la llamada del muecín al rezo se derrama desde lo alto de la Koutoubia sobre las angostas calles, nada permite anticipar el cambio que está a punto de producirse en la ciudad. La placidez del amanecer se transfigura, en tan sólo unos momentos, en esa abigarrada muestra de olores, colores, sonidos y sabores que es la esencia de Marruecos. Sobre todo la plaza de Djemaa el Fna, eje de toda la vida de la ciudad.

Djemaa el Fna

Si uno fuera trasladado con los ojos vendados desde el sofá de su casa al centro de la Djemaa el Fna y los abriera allí, inmediatamente sabría dónde está sin necesidad de mapa, pistas o indicaciones de ningún tipo. Es el corazón mismo de Marrakech, el punto de referencia donde quedar con los conocidos, y también un microcosmos desbordante de actividad, de entretenimientos, de espectáculos. Djemaa el Fna significa literalmente asamblea de los muertos, porque en tiempos se llevaban allí las cabezas degolladas de los condenados a muerte para mostrárselas al pueblo; una práctica ejemplarizante y macabra de la que, afortunadamente, sólo queda el nombre y una fuerza vital que roza lo irreal, lo onírico.

Nada más poner el pie en la plaza, el turista se ve abordado por aguadores que, con su colorido atuendo y un collar de tazones de latón, se prestan a saciar su sed o a posar para una fotografía. Si acepta, tendrá que pagar, tanto por el agua como por el recuerdo que se lleva en la cámara. Otro se acercará con un mono que no dudará en saltar sobre su hombro, una mujer agazapada bajo una sombrilla se ofrecerá a pintar su mano con intrincados diseños en henna, niños harapientos se pegarán a sus talones mendigando unas monedas o unos bolígrafos, tanto da. «La» es la palabra secreta, la fórmula mágica que le permite a uno quitárselos de encima.

Los encantadores de serpientes le abordarán casi tan insistentemente como los voluntarios para guiarle por el zoco; a los primeros, usted verá lo que les dice, dependiendo de su tolerancia a los reptiles, pero de los segundos líbrese: cualquiera puede pasear solo por el zoco. Pese a los prejuicios que el recién llegado suele llevar en mente, ni se va a perder en sus laberínticas calles ni va a sufrir agresión alguna. Para disfrutar del paseo sólo hace falta tiempo para entregarse al lento arte del regateo y unas precauciones básicas para que nada desaparezca de su bolso.

Así que, una vez superada la barrera de lanzallamas, músicos y malabaristas de la plaza, sumérjase en la angosta oscuridad del mercado, en ese mar de abigarrados puestos y comercios. Tiene varias entradas desde la plaza, pero da igual cuál elija. Permita que sus pasos le lleven por cualquiera de ellas y no mire el reloj. Deje que sus ojos se cuelguen de las mercancías colocadas a la vista del paseante. Todas compiten en color: las babuchas, de seda o de piel; los echarpes, los caftanes y las chilabas, las especias, las pipas de agua… Los mercaderes le agarrarán del brazo para llevarle hacia su quiosco y disfrutarán con el tira y afloja en el que, según la costumbre, debe convertirse la negociación del precio.

El arte del regateo

Como en España el regateo está mal visto, probablemente ésa sea la mejor experiencia que uno puede vivir en cualquier ciudad de Marruecos. El zoco se convierte en un intercambio de frases que es casi un ritual. «Le doy la mitad», dice el potencial comprador. «¿Eres bereber?», contesta el presunto vendedor. Los bereberes son a Marruecos lo mismo que los catalanes a nuestro país, al menos en lo que al dinero se refiere. La negociación se disfraza de lazos de amistad, de reunión social, se intercala con el tranquilo degustar de un té de menta y una conversación sobre cualquier otro asunto… En Marrakech, como en el resto del país, todo es pausado, el tiempo fluye mucho más despacio que en el resto del mundo, las prisas no existen ni son un concepto que los marroquíes entiendan. Y la prisa es, desde luego, mala consejera si uno persigue el éxito en el regateo.

Si, contra todos los esquemas occidentales, uno resiste la guerra psicológica con el comerciante y logra convencerle de que la mitad del precio que pide es lo único que está dispuesto a pagar (aunque en su fuero interno la cifra le parezca una ganga), se llevará a casa una exótica lámpara de latón con cristales de colores, un tagine de barro o de cerámica donde jamás cocinará, pero que dará un toque étnico a la decoración de su hogar, o uno de esos ubicuos tambores de cerámica y tripa de cordero. Si es valiente, quizá se atreva con algo más grande, como una alfombra o una mesa de madera con incrustaciones de nácar para servir el té.

Tras horas de vagabundeo por el zoco, es probable que uno quiera sentarse a recuperar fuerzas en una de las múltiples terrazas que miran sobre Djemaa el Fna desde las azoteas aledañas. Quizá, tras un refrescante trago (no hay alcohol, desista; va contra la religión de Alá), ceda a la obligación del turismo cultural y visite las tumbas saadíes o el palacio de la Bahiya, donde el sultán tenía su harén. Probablemente se dé un garbeo por la Koutubía, copia casi exacta de la Giralda de Sevilla (¿o era al revés?). Y como la torre está cerca de la plaza, volverá a ella, eso sí es seguro. Y se preguntará de nuevo el porqué de ese nombre tan macabro, cuando el lugar es un hervidero de gente, un bullir de vida. Y volverá a entrar en el zoco: no hay quien se resista a su encanto. Y, puestos a no resistir, acabará comprándose el juego de té que dejó ayer, incluso la mesa para servirlo y, por qué no, la alfombra. Lo disfrutará toda la vida y será el mejor recuerdo de un viaje que, de seguro, repetirá.

Imagen: NB

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